El contradictorio expresidente yemení Saleh muere a manos de los milicianos hutíes

(SOS).- El expresidente de Yemen Ali Abdallah Saleh, que ha muerto este lunes a manos de milicianos hutíes, se pasó los últimos cinco años de su vida buscando alianzas que le permitieran mantener sus opciones a recuperar el poder que perdió en 2012.

Antiguo enemigo de los hutíes, a quienes combatió durante su largo mandato presidencial (1990-2012), Saleh ha perdido la vida abatido por un grupo de combatientes que asaltó su comitiva en un puesto de control cuando intentaba huir de Saná, después de que este fin de semana decidiera romper la alianza que le unía a los rebeldes desde 2014.

Nacido en 1942 en la población de Bait al Ahmar, Saleh, militar de profesión desde 1958, mostró sus aspiraciones políticas en junio de 1974, cuando participó en el golpe de Estado incruento que derrocó al Consejo de la República presidido por Kadi Abdul Rahman al Iryani.

A partir de ese momento, su carrera despegaría y en 1978 fue elegido miembro del Consejo Provisional Presidencial y, solo meses después, presidente de Yemen del Norte y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas.

Tras la reunificación de Yemen del Norte y del Sur, el 22 de mayo de 1990, Saleh continuó a la cabeza del Estado reunificado y reforzó aún más su poder tras aplastar en 1994, en menos de dos meses, una tentativa soberanista del antiguo sur, en una guerra civil en la que murieron ocho mil personas.

Desde entonces, gobernó sin rivalidad y reforzó progresivamente un poder cada vez más autoritario, que intentó disfrazar, al igual que el resto de dictadores árabes coetáneos, de una democracia formal que le llevó a celebrar elecciones presidenciales con varios candidatos en 1999 y 2006.

Los principales retos de seguridad a los que hizo frente fueron la amenaza del grupo terrorista Al Qaeda, gracias a la que estrechó sus relaciones con Estados Unidos, así como los levantamientos protagonizados a mediados de 2004 y en agosto de 2009 por los rebeldes hutíes. Ese conflicto causó decenas de muertos y no concluyó hasta febrero de 2010, cuando se acordó el fin de las hostilidades.

En 2011, Saleh logró que el Parlamento aprobara unos cambios provisionales que le permitían optar a un tercer mandato presidencial, prohibido por la Constitución.

Pero las presiones de la oposición, que salió a la calle el 27 de enero, le obligaron a dar marcha atrás en sus planes de concurrir a unas nuevas elecciones en 2013. Sin embargo, y a pesar de que las protestas fueron en aumento, se negó a escuchar las exigencias de la oposición, e incluso la propuesta del Consejo de Cooperación del Golfo, que intentó convencerlo de que renunciara en favor de su vicepresidente, Abdo Rabu Mansur Hadi.

Un bombardeo contra el complejo presidencial el 3 de junio de 2011, que estuvo a punto de acabar con su vida, no redujo tampoco sus ansias de mantenerse en el poder, al que finalmente se vio obligado a renunciar en febrero de 2012 por las presiones internas y de la comunidad internacional.

Ese mismo mes traspasó el poder a Mansur Hadi después de que este se impusiera en unas elecciones anticipadas en las que fue el único candidato. No obstante, mantuvo su influencia política y militar a través de familiares y socios políticos con altos cargos en las instituciones del país, como su hijo Ahmed, que no fue expulsado del Ejército hasta abril de 2013.

De hecho, sus intentos de entorpecer la transición política llevaron al Consejo de Seguridad de la ONU a imponerle sanciones el 7 de noviembre de 2014 por amenazar la paz y la seguridad y dificultar la transición en Yemen.

Sometido a cada vez más presiones, en septiembre de ese año, cuando sus antiguos enemigos del movimiento chií Ansar Allah, también conocidos como los hutíes, tomaron la capital en medio de protestas contra el Gobierno y el aumento del precio de los combustibles, Saleh decidió unirse a ellos.

Las protestas dieron paso a una cada vez mayor intervención en los asuntos del poder y finalmente los hutíes forzaron la dimisión, el 22 de enero de 2015, de Mansur Hadi, quien un mes después lograría huir a Aden.

En marzo de ese año, una alianza militar encabezada por Arabia Saudí intervino en el conflicto armado contra los hutíes y su principal socio, Ali Abdallah Saleh, que desde entonces han perdido terreno, aunque sin perder sus principales bastiones, entre ellos Saná.

En la capital tuvo lugar el pasado fin de semana la última maniobra política de Saleh, quien, tras unos enfrentamientos entre combatientes de ambas facciones rompió su alianza con los hutíes y mostró su disposición a dialogar con Riad, que se precipitó a darle su apoyo. Pero los hutíes se impusieron a sus hombres y cuando Saleh intentaba huir el convoy en el que viajaba fue tiroteado en un control de seguridad, poniendo fin a su vida.

El jefe de los Ansar Allah, Abdelmalik al Houthi, apareció en la televisión estatal inmediatamente después de darse a conocer la muerte del expresidente, para anunciar que el país acababa de frustrar “un complot orquestado por los enemigos de Yemen, usando a  Ali Abdallah Saleh y a sus milicias”.

Pocos días antes, el 30 de noviembre, cuando aún seguía siendo aliado de los hutíes, Saleh había negado públicamente que Yemen recibiera armas y misiles de Irán [acusación hecha por Riad, ndr]. Al día siguiente, Saleh, en otro discurso en público, afirmó que la guerra contra la alianza árabe (Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Egipto y Bahréin) era inútil y que era “necesario combatir contra los hutíes”, sus ex aliados.

Las luchas por el poder en Yemen, cada vez más intrincadas, han convertido a sus 26 millones de habitantes en rehenes. Un bloqueo por tierra, mar y aire —que a lo largo del mes de noviembre llegó a ser total y ha sido suavizado ante la presión internacional— ha hundido al país en una profunda crisis humanitaria. Más de 20 millones de personas, incluidos alrededor de 11 millones de niños, necesitan asistencia humanitaria urgente. Y 14,8 millones no cuentan con asistencia médica básica en un país donde el cólera registra ya más de 900 mil casos de contagio.

Desde la intervención saudí, más 8.750 personas han fallecido y otras 50.600 han resultado heridas, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Bombardeos y escaramuzas han beneficiado a grupos como Al Qaeda en la Península Arábiga y la sucursal local del Estado Islámico.

(Fuente: AsiaNews / Agencias)

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