Un prestigioso médico sirio cuenta la verdad sobre los hospitales de la ciudad de Alepo

(SOS).- “También soy miembro de la Orden de médicos ortopédicos de Francia. Hace un mes, asistí en París a una conferencia internacional. Y dije a la asamblea: aquí, a nadie se le hubiera ocurrido bloquear la atención médica a las víctimas de la sala Bataclan. Entonces, ¿por qué nos impiden a los médicos sirios tratar a las personas heridas por los mismos terroristas que atacaron la sala Bataclan?”. Y ¿qué le respondieron? “Todos permanecieron en silencio”.

El Dr. Emile Katty estudió en Italia y Francia, tiene pasaporte sirio y francés, es cónsul honorario de Polonia y habría podido trasladarse y encontrar trabajo en cualquier otro país. En cambio, permaneció en Alepo, su ciudad natal, donde en el año 2003, en colaboración con monseñor Giuseppe Nazzaro, custodio de Tierra Santa de 1992 a 1998 y vicario apostólico de Alepo de 2003 a 2013, creó el hospital de Al Rajaa (La esperanza), del que sigue siendo el director. La única precaución de Katty, cuando comenzó la batalla por la conquista de la ciudad, fue trasladar a su esposa y sus dos hijos a Beirut.

Él siguió trabajando en el hospital, que cuenta con 65 camas. Durante la guerra asistió, a menudo de forma gratuita, a heridos de todo tipo. El hospital se encuentra en el llamado Nuevo Alepo, un barrio de reciente construcción que, por desgracia para él, está justo en la dirección en la que las posiciones de los rebeldes y los yihadistas están más cerca de la ciudad. Aquí todavía siguen cayendo los misiles (tres, el día antes de mi visita) y los cristales rotos o agrietados lo atestiguan.

“Alepo Oeste”, explica el doctor, “tiene un millón 200 mil habitantes. Los hospitales públicos, del estado, son tres. Luego existen los privados, que son unos cuarenta. Del tamaño del nuestro, y como el nuestro, dotados con casi todas las especialidades, sin embargo, solo hay tres. En estos cuatro años de guerra, por lo tanto, tuvimos que compensar la insuficiencia del sistema de salud, aunque en el ínterin las otras enfermedades, las que no están relacionadas con los traumas en combate, ciertamente no se detuvieron”.

Katty almacena en su teléfono decenas de imágenes horribles. Niños con las extremidades desgarradas, jóvenes y viejos devastados por la metralla de los misiles, incluso una mujer con un proyectil de mortero plantado en la rodilla. “Nosotros la operamos, porque todo el mundo tenía miedo: el artefacto estaba sin explotar y podía detonar en cualquier momento”.

En el hospital Al Rajaa, obviamente, también se aplica el régimen impuesto por la escasez y el estado de emergencia que aún no terminó. Se ahorra en la luz, la calefacción, en todo lo que se pueda recortar sin dañar a los pacientes. Pero las habitaciones más desoladoras son aquellas en las que se amontonan máquinas que podrían salvar vidas y que, en cambio, están acumulando polvo.

“Estos son dos aparatos averiados, para la anestesia neonatal. No podemos obtener piezas de repuesto debido al embargo. Si funcionaran, habríamos salvado la vida de algunos niños. Y esto, fabricado en Italia, es un arco radiológico, una herramienta valiosa en muchas situaciones de emergencia. Resulta especialmente crucial cuando se trata de heridas por arma de fuego, porque permite identificar al milímetro la posición de la bala. En este caso, también nos falta una pieza de recambio”. Y así, de una habitación a otra, de una máquina a otra, de unas atenciones médicas que se podrían haber proporcionado a una curas que se podrían haber puesto en marcha, si Estados Unidos y la Unión Europea no hubiesen declarado el embargo. El enésimo embargo que sueña con golpear al “enemigo” (en este caso, Bashar al-Assad) y en su lugar solo afecta a inocentes.

“Ve”, señala Katty, “aquí no tratamos a los militares, que tienen sus propios hospitales. Curamos solo a los civiles. Por definición, a las víctimas inocentes de cualquier guerra. Le podría contar historias casi increíbles. Por ejemplo: hace dos meses, nos trajeron a un vendedor ambulante que tenía su puesto en frente de la mezquita que está aquí, en este mismo barrio. Había sido herido por la metralla de un cohete y para él, por desgracia, no había nada que hacer. Tres días después, también murió su mujer, fulminada en su casa por una bala perdida. Aquí, nos ocupamos de personas así. Y ¿por qué no nos permiten atenderlas? ¿De qué son culpables? ¿Usted sabe la respuesta? Se lo pregunto a todos los no sirios que me encuentro y todavía ninguno me ha sabido responder”.

(Fuente: Gli Occhi Della Guerra)

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