Siria: viaje a una tierra atravesada por el dolor

(RT).- La periodista Diana Deglauy, argentina de origen sirio, volvió a la tierra de su familia para recordar y revivir los momentos de su infancia en una zona ahora devastada, y averiguar, a través de los relatos de su gente, la realidad actual del pueblo sirio.

La corresponsal de RT partió a Siria para mostrar cómo la guerra cambió el país. “Ir era en el fondo un regresar”, admitió. Al recorrer sus paisajes, Deglauy se encontró con “una tierra atravesada por dolor”.

“Volví porque es mi país, volví porque me importa. A mí no me gusta que el país que me dio mis valores y todo lo bueno esté enfermo. Es como mi madre, con la que me divertía cuando era chica”, así explicó Lama Nahhas, una trabajadora social siria, su decisión de volver a su país para ayudar a los que más lo necesitan, los niños. Nahhas vivía en Canadá cuando estalló la guerra.

“Toda nuestra vida se derrumbó, todo dio un vuelco. En estos 5 años hemos envejecido como si hubieran pasado 20. Todos estamos cansados”, relató. “Si todos huimos, ¿a quien vamos a dejar nuestra patria?”, se preguntó Nahhas. Por el lado positivo, remarcó que “ahora hay muchas zonas seguras a pesar del conflicto”.

No obstante, la periodista argentina aseguró que “Siria ya no es ni será la que algunos conocieron”. Los menores que piden dinero en la calle son una novedad para el país árabe, algo totalmente inusual en Siria. Como también lo son los muchos niños que no saben ni leer ni escribir porque no van a la escuela. Cuando les preguntan, no suelen contar la verdad, ocultan sus nombres y sus historias dolorosas.

Otras miserias que afligen al pueblo sirio son la ausencia de un lugar donde vivir. Antes de la guerra, hasta la familia más humilde tenía un techo para vivir. Aún con un situación económica precaria, lograban desempeñar varios oficios, o armar una huerta para sembrar y cosechar alimentos. Actualmente, en el centro de Damasco se puede ver mucha gente durmiendo en la calle. Hasta hay niños de corta edad que duermen sin techo alguno.

Deglauy se adentró en otro tema inquietante para el país: los rebeldes que luchaban contra el Gobierno de Bashar al Assad y que decían querer una revolución.

“Una vez que los rebeldes dejan las armas, no se reconocen como tales. En su mayoría dicen que fueron obligados a luchar en contra de su país. Y en muchos casos es real. Muchos hombres fueron y son obligados a luchar contra el Ejército sirio”, explicó la corresponsal, que añadió que “la extorsión era la forma de captar soldados”.

Mustafa fue uno de estos ‘rebeldes’. Luchaba en sus filas en la ciudad de Daraya, al sudoeste de Damasco. Cuenta que cuando estaba de paseo en su último día de vacaciones, dos personas desconocidas se le acercaron y le pidieron sus papeles. Posteriormente, le amenazaron con la muerte si no se unía a su bando. “Somos el Ejército Libre sirio, o te quedas y luchas con nosotros o te matamos”. Así recordó Mustafa las palabras de los rebeldes. También dijo que los rebeldes afirmaban que sus objetivos eran la yihad hasta la muerte y acabar con el Gobierno.

“Hablaban mucho con nosotros sobre la religión, nos persuadían. Al principio les creímos, después supimos que no eran más que unos ladrones”, recalcó Mustafa.

“Nos quitaban nuestras pertenencias si no hacíamos lo que querían. También necesitabamos dinero. Todo estaba muy caro. Los precios eran muy altos. El que no tenía dinero, moría de hambre. El que no iba a combatir con ellos, el que no luchaba en su bando, se moría del hambre”, denunció.

“Me dijeron que tendría un sueldo mensual, que me iban a dar comida, un kaláshnikov y todo lo que necesitara”, precisó el exrebelde sirio. “Fue un infierno”, con estas palabras Mustafa resumió sus dos años en las filas de los milicianos yihadistas.

El siguiente destino del viaje de Deglauy fue Homs, que se encuentra a solo dos horas por carretera de Damasco. Es la tercera ciudad más importante de Siria y hoy, según la periodista, se parece a “un cúmulo de escombos” sin vida. “En Homs no hay ruido. Su silencio es ensordecedor y la oscuridad da temor”, apuntó.

Una vez en la ciudad, Deglauy entrevistó a Mohamed, un joven refugiado de Palmira que se aloja en una aula de un colegio de Homs protegido por el Ejército gubernamental tras lograr escapar de las garras del Estado Islámico.

Mohamed le contó la desgarradora experiencia de vivir en la ciudad controlada por los yihadistas: “Las calles estaban llenas de sangre. Como cuando llueve, pero en lugar de agua había sangre. No les costaba nada matar a una persona. Cuando mataban a alguien se reían y decían que era un mentiroso y un desertor y lo mataban sin piedad”.

“Los del Estado Islámico entraban en los hogares para asegurarse de que allí no se escondían los soldados sirios. Cuando encontraban a uno, asesinaban a toda la familia. Hubo matanzas. La gente tenía miedo porque a cualquiera que estuviese relacionado de alguna manera con el Estado o con el Ejército le arrancaban la cabeza”, concluyó.

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