Un Aleluya acompañado de miedo y de dolor

Escribe la Madre María de Nazaret desde Alepo:

Cuando todavía resonaba el eco del reciente ALELUYA entonado por la Iglesia el domingo de Pascua de Resurrección, el día 10 de abril, uno de los barrios cristianos de Alepo sufrió un terrible ataque nocturno. Desde las 19 horas del viernes hasta las 6 de la mañana del sábado alrededor de 30 misiles cayeron en la zona provocando un gran número de víctimas y destruyendo edificios enteros, iglesias y viviendas particulares.

Son muy desgarradores los testimonios que oímos de las personas que han padecido las consecuencias de este ataque:

“Mis niños desde ese día no pueden comer, ni dormir…”

“Cada noche mi nieta me toma de la mano y tiembla y se estremece de miedo”

“Vi a los niños del edificio vecino, llamando con llanto a su madre, que yacía muerta entre los escombros…”

Fueron derribados numerosos edificios, las casas de los civiles fueron notablemente afectadas, hay cientos de heridos en los hospitales, muchos muertos. Familias que han perdido tres o cuatro miembros al mismo tiempo como consecuencias de los ataques.

La realidad es muy impactante: niños llorando por sus madres que yacen muertas debajo de los escombros; jóvenes universitarios que vienen desde otros pueblos a concretar aquí sus estudios y narran entre lágrimas la pérdida de sus compañeros. La gente relata horrorizada cómo vio caer más de treinta misiles en el barrio durante esas pocas horas. También hay iglesias que fueron afectadas.

En pocos días han partido de Alepo más de 40 colectivos repletos de gente que con unas pocas cosas busca refugio en otros lugares, intentando salvar sus vidas y las de sus hijos. Otros que no tienen posibilidad de concretar esta alternativa se encomiendan  una y otra vez a la protección de Dios.

La gente sufre y teme. Se han lanzado amenazas de nuevos ataques para el 17 de abril. Las iglesias han abierto sus puertas a fin de refugiar a las personas afectadas.

Con todo, la fe de los cristianos, por gracia de Dios, se mantiene firme, tienen su esperanza puesta en Dios, “en Cristo, muerto y resucitado por todos, que siempre da a todo hombre su luz y su fuerza”, como El mismo afirmó en el Evangelio: Y he aquí que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Mt 28,20).

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