Misionera en Siria: ‘Los cristianos aquí­ son un testimonio edificante y un desafío’

Entrevista con la Hna. Marí­a de Guadalupe, SSVM, sobre la guerra que está viviendo el paí­s. Mueren cristianos todos los dí­as y el Estado Islámico está muy lejos de ser derrotado. Solo un milagro podrá terminar con los enfrentamientos.

0730-world-odu-syria_full_60002 de marzo de 2015 (Zenit.org) Iván de Vargas

La crisis de Siria está considerada como una de las más graves de las últimas dos décadas. Millones de personas han huido de sus hogares y más de 210 mil han perdido la vida.

En esta entrevista con ZENIT, la hermana María de Guadalupe Rodrigo, SSVM, comparte las experiencias vividas en este país: “No sabía lo que era la guerra… Uno no puede imaginar su alcance hasta que lo vive. Es el flagelo más horroroso que pueda sufrir un pueblo”.

Ella admiraba a las hermanas de su Instituto que se ofrecían para ir a lugares en donde existían situaciones bélicas. Ahora se encuentra en Alepo, viviendo en medio de un conflicto desde hace cuatro años “sin haber siquiera dudado en quedarme”. Y añade: “Vivir el día a día junto a estos cristianos es un enorme privilegio. ¡Entre ellos hay mártires y confesores de la fe!”.

Para la religiosa, de 41 años, las dimensiones de esta guerra “hacen pensar que solo un milagro podría detenerla”. Pero si hay algo que ha aprendido en estas tierras sirias es que “los milagros son más corrientes de lo que uno cree”.

Por este motivo, esta misionera de la Familia Religiosa del Verbo Encarnado pide: “¡No dejemos de rezar por la paz!”

Además, considera que para encontrar una solución a la situación actual “se debe detener inmediatamente el apoyo y la financiación de los grupos terroristas”, como lo expresó enérgicamente el papa Francisco y lo repitió el Consejo de Patriarcas de Oriente.

***

¿Cuál es la situación actual en Siria?
— Hna. María de Guadalupe: Aunque por épocas Siria deja de aparecer en los titulares la situación es esencialmente la misma. Continúan los enfrentamientos, mueren cristianos todos los días y el Estado Islámico está muy lejos de ser derrotado. Pero la gente ha aprendido a convivir con este sufrimiento diario. Un par de jóvenes universitarias que están cursando –como pueden– su cuarto año de medicina me decían: “Hemos aceptado que en estas circunstancias concretas tenemos que intentar terminar los estudios. Y estamos felices de poder hacerlo”.

Después de cuatro años de guerra sin tregua, ¿qué hace usted todavía allí?
— Hna. María de Guadalupe: En los años que llevaba de misionera en Medio Oriente creía haber llegado a conocer el dolor humano en sus manifestaciones más crudas. Pero aún no sabía lo que era la guerra… Y es que uno no puede imaginar su alcance hasta que lo vive. La muerte violenta de seres queridos; el cotidiano riesgo de muerte; el desarraigo de perder casa, trabajo y futuro; el miedo, el hambre, el frío y la sed… y todo sumado a una larga agonía de años, hacen de la guerra el flagelo más horroroso que pueda sufrir un pueblo. ¡Y justamente es esto lo que me anima a seguir! ¿Puede haber mejor ocasión para vivir en plenitud nuestra vocación de servicio y de entrega?DSC02594

Tengo la impresión de que ustedes, los misioneros, están hechos de otra pasta…
— Hna. María de Guadalupe: Si a aptitudes naturales se refiere, al menos en lo personal, creo que no. Mi salud es débil y he sido siempre muy miedosa. Cuando me dicen: “hermana, ¿cómo hace para estar allí?”, vuelvo a sorprenderme: “¡Cierto! ¿Cómo hago para estar aquí?”. Recuerdo que admiraba a las misioneras de nuestro Instituto que se ofrecían para ir a lugares en guerra. “¡Qué coraje! –pensaba– Yo no podría…”. Y resulta que me encuentro viviendo en medio de la guerra desde hace cuatro años sin haber siquiera dudado en quedarme. Yo creo que es la gracia de Dios, y que nos viene dada también en mérito a los tantos que nos sostienen con sus oraciones.

¿En qué consiste la labor de su comunidad religiosa en Alepo?
— Hna. María de Guadalupe: El obispo de Siria para los latinos pidió en el año 2008 a nuestra Familia Religiosa del Verbo Encarnado una comunidad de sacerdotes y otra de hermanas para la atención pastoral de la Catedral de Alepo y la dirección de una residencia para jóvenes universitarias pobres. Desatada la guerra, el apostolado tomó obviamente otras dimensiones. Las actividades se siguen realizando en la medida en que lo permite la situación caótica que vive la ciudad. Pero en realidad lo más importante es “estar”. Acompañar, alentar, a veces tan solo escuchar llorar y contar de nuevo la misma historia. Nuestra presencia logra ser una prueba más de esperanza.

¿Cómo viven la fe los cristianos sirios?
— Hna. María de Guadalupe: Han llegado a ver con los ojos de la fe. De ahí la sabiduría que tienen para comprender y aceptar el dolor. No culpan a Dios, muy por el contrario, al perderlo todo se han aferrado más a Él. Un anciano me decía: “Necesitábamos esta gran prueba. Nuestro cristianismo estaba demasiado ‘distraído’ con las cosas del mundo”. La fe les hace descubrir que Dios sabe sacar bienes de los males. Es esto lo que lleva a una joven que por causa de la guerra se acercó a Dios y a la vida parroquial a decir: “No van a creerme ¡estos años han sido los más felices de mi vida!”.

¿Qué es lo que más le ha marcado en todo este tiempo?
— Hna. María de Guadalupe: Puede parecer un disparate… pero compartiendo la vida con esta gente que está sufriendo atrozmente lo que más me ha marcado es su alegría. ¡Uno los ve sonreír más que antes! Y festejar que llegó la luz (durante una o dos horas diarias) o que han podido bañarse (el agua llega cada ocho días), agradeciendo cada pequeño don de Dios. Así viven ellos y eso contagia. El contacto tan cercano con la muerte hace que la vida tome otro sentido y se viva plenamente. No hay tiempo que perder, este puede ser mi último día, ¿cómo quiero vivirlo? No es la alegría superficial y vana, sino aquella casi infinita de quien ya tiene los ojos puestos en el Cielo.

Estos cristianos ofrecen al mundo un testimonio de coherencia y fidelidad, ¿verdad?
— Hna. María de Guadalupe: Seguro, es un testimonio edificante y a la vez un desafío. ¿Quién no se siente atraído a darlo todo por Jesucristo? Por eso siempre decimos que como misioneros es más lo que recibimos de este pueblo que lo que damos. Vivir el día a día junto a estos cristianos es un enorme privilegio. ¡De entre ellos hay mártires y confesores de la fe!

¿Cuál es la causa del conflicto y de la violencia en Siria?
— Hna. María de Guadalupe: El conflicto es muy complejo. Intervienen muchos y diversos intereses políticos y económicos, pero todos ellos ciertamente ajenos al bien del pueblo. Como dice el Santo Padre, siempre queda la duda: “Esta guerra de allá, esta otra de allí –porque por todos lados hay guerras– ¿es de verdad una guerra por problemas o es una guerra comercial para vender estas armas en el comercio ilegal?”.

¿Se esperaba la irrupción del autoproclamado Estado Islámico?
— Hna. María de Guadalupe: Si había algo que no se esperaba en Siria era que se desatase una guerra. Tal era el ambiente de tranquilidad y pacífica convivencia que se vivía entre cristianos y musulmanes. Pero una vez que estos grupos extremistas irrumpieron en el país, era de esperar la entrada del Estado Islámico.

¿Cree que es posible encontrar una solución a la crisis que atraviesa el país?
— Hna. María de Guadalupe: Creo que para llegar a una solución se debe detener inmediatamente el apoyo y la financiación de los grupos terroristas, como lo expresó enérgicamente el papa Francisco y lo repitió el Consejo de Patriarcas de Oriente.

¿Qué papel puede jugar la comunidad internacional?
— Hna. María de Guadalupe: El Papa ha pedido que se trate el tema en el seno de la ONU, para encontrar el mejor modo de detener a este agresor injusto que es el Estado Islámico. Creo que deberían tomarse decisiones realmente eficaces basadas en la verdad y en la dignidad del ser humano y no en intereses particulares.

¿Qué mensaje le gustaría trasladar a la opinión pública?
— Hna. María de Guadalupe, SSVM: Las dimensiones de esta guerra hacen pensar que solo un milagro podría detenerla. Pero si hay algo que hemos aprendido viviendo en Siria es que los milagros son más corrientes de lo que uno cree. ¡No dejemos de rezar por la paz! Roguemos incansablemente a Dios Nuestro Señor, el único que puede doblegar y convertir los corazones.

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