San Milad Saber y sus veinte compañeros

Su historia es la misma que narran las Actas de los Mártires de los primeros siglos. Asesinados por la espada del islam por puro odio a su fe cristiana

jpg_1351001de Sandro Magister

ROMA, 2 de marzo de 2015 – Se negaron a adorar a los falsos dioses, permanecieron fuertes en la fe de su bautismo, fueron decapitados mientras invocaban el nombre de Jesús.

Los veintiún egipcios asesinados en Libia por las milicias del califato islámico han entrado inmediatamente a formar parte del grupo de los santos. El patriarca de la Iglesia copta Tawadros II ha establecido que su memoria se inscriba en el Synaxarium, el martirologio de la Iglesia copta, y que sean recordados y venerados cada octavo día del mes de Amshir, que corresponde al 15 de febrero del calendario gregoriano.

Ese es el día en el que el califato hizo público el vídeo de su asesinato. Y coincide en el calendario litúrgico copto con la fiesta de la presentación de Jesús en el templo.

En el vídeo todos pudieron ver que en el momento de la decapitación algunos de ellos invocaban en árabe el nombre de Jesús y susurraban oraciones.  De quien se percibieron más claramente las palabras fue de Milad Saber, hijo de campesinos de una aldea del Egipto Medio. Milad era célibe, mientras que la mayoría de sus compañeros estaban casados, con uno o más hijos pequeños. Quince procedían de Al-Our y seis de otras cinco aldeas de la misma zona, en los alrededores de la ciudad de Samalut. Más de ochenta de sus compañeros siguen aún en Libia, procedentes de estas mismas aldeas.

Es una región con una gran presencia de cristianos y con una iglesia muy antigua, situada en un cerro sobre el Nilo, que es meta de peregrinaciones: la tradición narra que María, José y Jesús se detuvieron en ese lugar durante su huída a Egipto.

Y es también una región, cuya capital es Minya, en la que a menudo los coptos han sido objeto, también recientemente, de hostilidades y agresiones a manos de los musulmanes, con poca o ninguna defensa por parte de las fuerzas de seguridad.

Pero muchas cosas han cambiado en los días de su martirio. El primer ministro egipcio, junto a otros seis ministros, ha visitado una por una las casas en las que viven los padres, las esposas y los hijos de los asesinados y ha dicho sentirse «orgulloso de que Egipto tenga estos mártires en el paraíso”. A los cristianos les ha asegurado: «Todos vosotros sois un gran valor para la nación. Estamos dispuestos a sacrificarnos por todos los hijos de Egipto”. Ha anunciado que hará construir una iglesia en memoria de los mártires en la aldea de  Al-Our, a expensas del Estado.

El presidente egipcio Abdel Fattah al Sisi no ha sido menos. Ha anunciado la construcción de una iglesia en honor de los mártires precisamente en Minya, la capital del Egipto Medio en la que numerosas iglesias coptas llevan aún los signos de los últimos ataques llevados a cabo por musulmanes fanáticos.

Pero esta es sólo la última de las sorpresas que dado el general al Sisi, en el poder tras haber derrocado el régimen de los Hermanos Musulmanes, éste sí gran perseguidor de los coptos.

Al Sisi no es expresión de esa “laicidad” militar representada por los precedentes “rais” de Egipto, desde Nasser a Sadat y a Mubarak.

También él procede de los altos cuadros militares. Pero siempre ha sido, y aún lo es, un musulmán ferviente y precisamente por esto – parece – fue situado a la cabeza del ejército durante la efímera presidencia de Mohammed Morsi, precisamente por esos Hermanos Musulmanes que ahora él tiene bajo control.

Conoce de memoria el Corán y lo cita en cada uno de sus discursos, reza, ayuna en los tiempos establecidos, su esposa lleva velo y su hija el nicab integral.

Pero es también el estudiante modelo que en 2006, en los Estados Unidos, en el US Army War College de Pennsylvania, escribió una tesis doctoral sobre democracia y mundo islámico, que considera compatibles.

“Íbamos a la misma mezquita y era el más informado de todos sobre la historia islámica”, ha relatado a Giulio Meotti del “Foglio” Sherifa Zuhur, que fue una de sus docentes estadounidenses. “Al Sisi se opone al extremismo islámico no sólo porque éste hace frente a Occidente, sino también porque ha dividido a los musulmanes, causando un gran daño a su capacidad de reinterpretar la fe en línea con los principios humanitarios modernos. Y en lugar de llevar al desarrollo de la región árabe, ha llevado a su disgregación”.

Efectivamente, contra al Sisi, pragmático y pío, ya se ha desencadenado la fatwa de quien lo quiere muerto después del histórico y explosivo discurso que pronunció a finales de diciembre en la gran universidad islámica de al Azhar, como también después de su participación en la misa de Navidad en la catedral copta del Cairo, un gesto que no tiene precedentes.

Una “revolución en el islam”: así ha definido estos actos suyos el islamista Samir Khalil Samir, egipcio, jesuita, docente en la Université Saint-Joseph de Beirut y en el Pontificio Instituto de Estudios Árabes e Islamística de Roma.

He aquí los nombres de los veintiún mártires coptos asesinados en Libia por los verdugos del califato:

Milad Saber Mounir Adly Saad, célibe, de la aldea de Menbal;
Sameh Salah Farouq, casado, un hijo, de la aldea de Manqarius;
Ezzat Boshra Nassif,  casado, con un hijo de cuatro años, de la aldea de Dafash;
Mina Shehata Awad, de la aldea de Al-Farouqeyya;
Louqa Nagati Anis Abdou, veintisiete años, casado, con un hijo de diez meses;
Essam Baddar Samir Ishaq, célibe, ambos de la aldea de al-Gabaly.

De la aldea de Al-Our:

Hany Abdal-Massih Salib, casado, con tres hijas y un hijo;
Guergues Milad Sanyut, célibe;
Tawadraus Youssef Tawadraus, casado, con tres hijos de los siete a los trece años;
Kyrillos Boschra Fawzy, célibe;
Magued Soliman Shehata, casado, dos hijas y un hijo;
Mina Fayez Aziz, célibe;
Samouïl Alham Wilson, casado, con tres hijos de seis, cuatro y dos años;
Bishoï Stephanos Kamel, célibe;
Samouïl Stephanos Kamel, hermano de Bishoi, célibe;
Malak Abram Sanyut, casado, tres niños;
Milad Makin Zaky, casado, una hija;
Abanub Ayyad Ateyya Shehata, célibe;
Guergues Samir Megally Zakher, célibe;
Youssef Shukry Younan, célibe;
Malak Farag Ibrahim,  casado, una niña.

Naturalmente, estos no son los únicos cristianos que han caído víctimas del odio que tantos musulmanes nutren hacia los “apóstatas” del verdadero islam, que hacen coincidir con el que ellos profesan.

Los últimos de la serie son los cristianos armenios, los siríacos y sobre todo los asirios de treinta y cinco aldeas en el extremo noreste de Siria, a lo largo del río Khabur, ocupadas en los días pasados por el ejército del califato.

Han sido decenas los asesinados, centenares los secuestrados, miles los que han huido abandonando todo.

Lo irónico es que los abuelos de estos cristianos se habían refugiado allí en los años treinta del siglo pasado para huir de las masacres de las que eran víctimas en el recién creado Iraq.

“Abandonados por todos, este es su sentimiento”, ha dicho el nuncio vaticano en Damasco, el arzobispo Mario Zenari.

Efectivamente, los hombres de estas comunidades cristianas no tienen armas, no tienen ni curdos, ni suníes, ni chiíes que les defiendan, no tienen ningún apoyo de la coalición internacional anti-califato. Son de verdad los últimos de los últimos, con el único consuelo de los cristianos de otros países – por ejemplo, a través de Ayuda a la Iglesia que Sufre – que les ofrecen algo de auxilio en los lugares donde encuentran refugio.

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