Solo aquellos que caminan en tinieblas ven algún día las estrellas (Segunda Parte)

Lo que oímos de la gente:

-Hemos vuelto a reflexionar sobre la proximidad de la muerte y el sentido de la vida.

siria

La realidad de la guerra invade todos los aspectos de la vida de las personas, penetra en todos los ambientes, modifica la vida misma de la gente. Obliga a cambiar los hábitos de vida seguidos hasta el momento, a incorporar la realidad del dolor, de la pérdida de las cosas más valiosas y de los seres más queridos, de las limitaciones en un sentido extremo, de no tener acceso a las cosas más básicas y elementales para la vida, como por ejemplo el agua. A no poder disponer de las cosas que uno quiere hacer. A saber que la vida a cada momento está en riesgo. Y como uno habla de lo que vive, en las conversaciones con la gente los domingos después de misa, por ejemplo es común escuchar:

-Esta semana fui al suq (es la feria) mientras estaba allí, alcance a ver un proyectil dirigido hacia el lugar donde yo estaba. Corrí mucho y logré alejarme un poco antes de que cayera, la fuerza del proyectil cuando cayó, me empujó. Vi cómo morían algunas personas que estaban allí a mi lado, en el mismo lugar donde yo había estado.

-Mi nieta fue a comprar al negocio que está junto a su casa. Mientras estaba allí vio en el cielo una esfera de fuego que descendía en hacia donde ella estaba. Salió corriendo asustada. Cayó el proyectil (una garrafa o tubo de gas) y explotó exactamente en el lugar donde había estado la niña.

-Desde que empezó la guerra, en mi casa han caído tres misiles. Gracias a Dios, a nadie de mi familia le ha pasado nada. Desde mi balcón vi caer uno en la casa vecina y vi cómo moría el niño de doce años alcanzado por el misil.

Es así: la muerte está siempre a las puertas y se convierte en una fuente de meditación acerca de las grandes verdades. También para nosotros cristianos, la muerte constituye una tragedia y un castigo, pero a ella no le ha sido dado alcanzar la victoria sobre la humanidad: el Señor de la Vida descendió para conocer la muerte y con su resurrección la venció para siempre.

Enfrentarse cotidianamente con la muerte nos obliga a preguntarnos: ya que la muerte es inevitable: ¿cómo la encararé? Si somos verdaderos cristianos y sabemos que un día moriremos, podemos planear nuestra vida de acuerdo a esto, a fin de gozar la vid a eterna. La cercanía de la muerte nos despoja de nuestras mezquindades, destruye nuestros egoísmos, aminora nuestros temores, pues los temores disminuyen en la medida que dejamos de pensar en nosotros mismos y adaptamos nuestro pensamiento al paisaje más amplio de la eternidad. Cuando nos enfrentamos a la muerte entrevemos nuestro ser interior y su pobreza. La muerte puede ser despojada de su aspecto más terrorífico si nos preparamos para ella. Porque cada muerte tiene que ser una obra maestra y como toda obra maestra no puede ser completada en un día.

La posibilidad de perder la vida, nos hace replantearnos cómo queremos vivirla de ahora en más. Por eso en medio de los estruendos y las sombras de la guerra, en medio de las tinieblas de la crueldad y la violencia, se vislumbra también en lo profundo de los corazones una serena claridad, un secreto pero perceptible crecimiento en la convicción de que la vida es muy valiosa y es tan hermosa que merece ser BIEN vivida, para que la muerte sea un paso de esta vida a aquella otra que no tiene fin. Son las luces que vamos descubriendo en medio de esta terrible oscuridad. Porque caminar en tinieblas, nos permite ver algún día las estrellas…

Misioneros en Alepo

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