Publicado el 3 de Octubre en la revista ‘Qué pasa’

El sacerdote Rodrigo Miranda es uno de los pocos chilenos que quedan en Siria, y se resiste a ser evacuado. Sitiado por los rebeldes en el infierno de Alepo, lleva las riendas de la bombardeada catedral para los cristianos latinos. Luego de meses sin comunicación, aquí cuenta las numerosas formas en que ha visto a Dios y al diablo en uno de los países más peligrosos del planeta. 

“La comunidad internacional ya está abandonando Siria. Entonces, por más que uno no pueda hacer mucho, uno siente la responsabilidad de quedarse con esta gente. De estar”.

Tampoco se trata de dejar todo en manos de Dios. Hay que tomar precauciones. Por eso, cuenta, hace tiempo que decidió dejarse la barba larga, y aprovecha su tez morena y su gran manejo del árabe para camuflarse entre los musulmanes.

El impacto retuerce las paredes de la catedral, pulverizando los vitrales. El padre Rodrigo Miranda, de 37 años, que hace un segundo estaba sentado frente a su computador preparando su prédica para ese día, el 15 de enero de 2013, en el que se celebrarían los dos años del edificio, gira la cabeza hacia la ventana. Una lluvia de cemento, autos y restos humanos pasa frente a sus ojos.

Otro bombazo. Miranda sale corriendo del lugar y no alcanza a llegar a la calle cuando un tercer misil golpea directamente el hogar de las familias refugiadas, a pocos metros. Alcanza a protegerse entre un auto y una pared, y entonces sí, el caos, los escombros y los cuerpos destrozados que mira a su alrededor se transforman en la imagen más cercana al infierno que ha visto en su vida. Pero no hay tiempo para cavilaciones. Corre hacia el Hogar Madre Teresa, al otro lado de la calle, en donde cuarenta ancianos caminan confundidos entre el humo y los destrozos.

Luego de sacarlos de allí, con ayuda del otro sacerdote de su misión y de las dos religiosas que residen junto a ellos, vuelve corriendo a la iglesia y allí la ve: Hedra, una de las cuatro estudiantes que viven ahí, y que iba cruzando la rotonda del barrio universitario en donde se encuentran, está sentada en un banco frente a la catedral, y observa el maltrecho edificio. Ha llegado hasta ahí a tientas, y en la espalda tiene enterrado un trozo de fierro que voló con la explosión.

El padre Miranda, en medio del caos y de los centenares de heridos pidiendo auxilio -que luego llegarían a ser 400 muertos-, tiene que optar, y sube a Hedra a un auto cualquiera para llevarla a un hospital. No hay electricidad, ni líneas telefónicas, y las calles están repletas de llamas y humo, pero logra abrirse paso. Cuando llegan al hospital, ven que el hierro atraviesa el omóplato, el pulmón y las costillas de Hedra, pero ella está viva.

La confiesa antes de que entre a cirugía. Ella sobrevive.

Son un tipo de milagros. Son gestas desesperadas, pero también es el apoyo espiritual constante al grupo de 50 cristianos de distintos credos que aún van cada día a orar y a recibir alimentos a su iglesia, en el norte de Alepo, el mayor fortín del ejército rebelde, en una guerra civil que ya ha cobrado 115 mil muertos, y que en los meses que seguirán a ese enero maldito no hará más que empeorar. Mantener la fe en Dios o en algún tipo de futuro de esa gente, en medio de los ataques con armas químicas, de los bombardeos rebeldes a los barrios cristianos, y de los asesinatos de civiles y sacerdotes. De eso trata la vida de Rodrigo Miranda, un viñamarino que hoy está encargado de la misión en Siria de la congregación misionera argentina Instituto del Verbo Encarnado.

“La gente nos dice: ¿Ustedes también se van a ir y nos van a abandonar?”, dice Rodrigo Miranda desde Alepo. “La comunidad internacional ya está abandonando Siria, entonces, por más que uno no pueda hacer mucho, uno siente la responsabilidad de quedarse con esta gente. De estar. De tratar de llevarles la mirada al bien que hay en ellos”.

Ésta es la primera vez que puede hablar por teléfono luego de casi dos meses incomunicado. Es el primer día de octubre, y el pie atrás de Estados Unidos en su plan de intervenir militarmente en el conflicto ha calmado mínimamente las cosas. En los meses previos, cuenta, han tenido que vivir encerrados en un subterráneo, con el bombardeo rebelde contra los barrios cristianos sin ningún tipo de tregua. También les han cortado las telecomunicaciones y la electricidad. En Chile, nadie sabe si el sacerdote está vivo o muerto desde hace semanas, y hoy la señal del teléfono se corta todo el tiempo. Dice, preocupado, que la hambruna a la que tienen los rebeldes sometida a la población está en estado crítico, y que ya casi no queda nadie que les tienda una mano.

Ahora se prepara para la cena -de arroz o fideos, como todos los días- con su comunidad, y me pregunta si a lo mejor podría darle un saludo a su padre por su cumpleaños. No habla con su familia desde julio. Dice que la fe de su nueva familia, su comunidad siria, lo fortalece. Le recuerda, dice, que ése es su lugar en el mundo. “He percibido el terror de la violencia, y cómo sufre la gente día a día, cómo la están apretando por todos lados con cosas básicas, con secuestros sistemáticos para financiar lo que llaman la ‘primavera árabe’. Eso es terrible. Uno escucha las historias y muchas veces no tiene qué decir. Más que estar ahí, acompañar. Pero te quedas sin palabras”.

-¿Dónde está Dios en medio de todo eso?

-Uno tiene que lidiar muchas veces con la pregunta de dónde está Dios, y muchas veces se hace difícil poder dar respuestas. Gracias a Dios, este es un pueblo de fe.

***

-¡¿Hablaste con Rodrigo?! ¡¿Está bien?!

La que responde sorprendida es su hermana, Pamela Miranda. Hace más de diez días que en internet no había ninguna noticia sobre el estado de los misioneros en Siria, y ya comenzaba a desesperarse, otra vez. Ahora pregunta, aliviada, cómo se escuchaba Rodrigo, o si dijo algo acerca de cómo estaban viviendo. Pregunta si parecía feliz.

Desde inicios de septiembre, la vida de ella, y sobre todo la de su madre, Rebeca Cabrera, de 67 años, es un infierno, paralelo al de Rodrigo, pero distinto, interior. Uno en que después de ver el reportaje de Informe Especial sobre la situación en Siria -donde el sacerdote contó el peligro en que vivían, con bombardeos a iglesias y clérigos desaparecidos-, la familia entendió por primera vez la gravedad de la situación que se vive en ese país, y Rebeca entró en un colapso en el que ya no pudo volver a dormir sin medicamentos. Pamela, por su parte, trató hasta de contactar al Papa Francisco para que ayudara a su hermano. Una desesperación diaria de revisar cada día el mail sin noticias, y de organizar misas en media docena de iglesias por su hermano. “Yo sueño con él, que se me pierde”, dice su madre. “Y lo busco y no lo encuentro, se me desaparece. Yo respeto lo que él hace, porque siempre ha sido así. Él me habla de los niños huérfanos que llegan a la iglesia, y me dice: ¿Mamá, cómo voy a dejarlos?, y yo le digo: ¿Y nosotros? Una es egoísta”.

No es la primera vez que la familia teme por la vida del hijo misionero, pero nunca había sido tan dramático. Antes de Siria estuvo, entre otras misiones, en la Franja de Gaza, donde lo apuntaron más de una vez con ametralladoras, o en Egipto, en donde tuvo que esconderse de la policía bajo una pila de sábanas para salir vivo. Pero ahora es distinto, dicen, porque no hay noticias. No hay forma, más que un blog que se actualiza con frecuencia tan variable como el suministro eléctrico de Alepo, donde a veces los misioneros logran dar señales de vida.

“He visto cosas milagrosas: vueltas a la fe, familias que se reúnen otra vez, gente que ha perdido todo y lo ve como una forma de purificación”, dice. “Yo opto por quedarme acá porque creo que Dios me lo está pidiendo, y también porque lo quiero hacer”.

Entienden también, sin embargo, que a estas alturas no pueden hacer nada para que abandone su misión. Todo comenzó a finales de los 90, cuando Rodrigo Miranda aún era estudiante de Arte en Valparaíso, y sus compañeros le auguraban un futuro brillante por sus cuadros hiperrealistas de motivos religiosos. Pero algo pasó en el camino. Las pinturas empezaron a parecerle poco en su encuentro con Dios, y decidió ingresar a la iglesia San Felipe Neri para conocer la vida sacerdotal. Luego de un año allí, ya le molestaba el exceso de comodidades de la vida tradicional. La llegada de un contingente de misioneros argentinos, del Instituto del Verbo Encarnado -una congregación con voto de pobreza y misiones en 38 países, muchas de ellas de alta peligrosidad-, lo fascinó inmediatamente.

Dejó todo y se fue a San Rafael, Argentina, en donde tuvo que construir su propia cama, mendigar para subsistir y trabajar la tierra para comer. Sin agua caliente, ni nada que no fuera a tener cuando le tocara misionar. Allí aprendió a vivir en condiciones míseras. Diego Ruiz, otro chileno perteneciente a la congregación, dice que Rodrigo Miranda es un tipo especial en su arrojo, incluso dentro de la institución, y que está dispuesto a morir por ayudar a los sirios. “Los superiores siempre ofrecen toda la ayuda posible, pero en este caso ¿cómo haces? Un apoyo material se hace muy difícil. Pero en el orden espiritual, él sabe que rezamos por él”, dice.

En Chile, sus amigos saben que no dará pie atrás. Marcelo Catril, sacerdote diocesano y compañero de Miranda desde el colegio, una de las pocas personas con quien Miranda se comunica cada vez que puede desde Siria, dice que la radicalidad de su fe, que lo lleva adonde nadie más quiere ir, es una gran lección para él y para todos los sacerdotes “acomodados”. “Tú no te puedes quedar indiferente frente a él. Él siempre dice que la vida del sacerdote es dar la vida por Cristo. Uno eso se lo puede tomar de forma metafórica, pero él no. Él se lo toma de forma literal”, dice.

Cuenta que la última vez que se vieron, hace dos años, tuvieron una despedida que no olvida.

-Nos vemos cuando Dios quiera… o en el cielo -le dijo sonriendo Miranda.

Catril se rió. En estos días, dice, ha comenzado a entender el peso de la frase.

***

Tampoco se trata de dejar todo en manos de Dios. Hay que tomar precauciones. Por eso, cuenta, hace tiempo que decidió dejarse la barba larga, y aprovecha su tez morena y su gran manejo del árabe para camuflarse entre los musulmanes. Está permanentemente informado de cuáles barrios están en manos de fundamentalistas. Ya hay diez sacerdotes desaparecidos en Siria, y en internet circula el video de la decapitación de uno de ellos. Él no quiere ser el undécimo, y por eso se mueve con cuidado, pero ningún reparo es suficiente.

En sus dos años en el país, y especialmente en los últimos seis meses, muchas veces ha tenido que escapar de las balas, y rogar porque las fuerzas rebeldes -a quienes acusa de estar haciendo una limpieza de cristianos para obligarlos a tomar bando- no saqueen su iglesia. En agosto, decidió retomar lo más posible la vida religiosa de su comunidad, e hizo cuatro retiros espirituales con intensos bombardeos a pocas cuadras de su iglesia. Dice que estaban todos asustados -muchos de los fieles caminan hasta 45 minutos atravesando la ciudad para llegar allí-, pero siguieron orando. Él, dice, ya se acostumbró. Las bombas explotan, pero no las escucha.

Lo que sí le preocupa es la posibilidad, ahora congelada, de una intervención militar occidental, que, dice, llevaría a otro conflicto de décadas, como Irak. El problema, comenta, es que los países occidentales no entienden la historia de los pueblos de Medio Oriente, ni la incompatibilidad de su sociedad de clanes con la idea de democracia occidental. También, dice, la falsa imagen de los rebeldes que se maneja en el exterior: él los señala a ellos como los más probables autores de los ataques químicos a fines de agosto. “Los rebeldes empezaron a atacar los barrios de civiles, pero pocas veces hemos escuchado que han hecho algo importante contra las fuerzas de gobierno. Por eso cuando llegan las noticias de afuera, que dicen que ellos protegen a la ciudadanía, es incoherente. Eso no es así. Si hubiera una especie de liberación, la gente alentaría, pero es al contrario, cada vez se afecta más al mismo pueblo”, dice el sacerdote. “Aquí lo que llaman ‘primavera’ es un motivo para justificarlo. Lo que quieren es llegar al gobierno cueste lo que cueste”.

La solución, dice, mientras las bombas de ambos bandos comienzan a caer nuevamente sobre la zona norte de Alepo, y la comunicación empieza otra vez a cortarse, es que la comunidad internacional empiece a darle al gobierno -al que, aclara, tampoco defiende- las herramientas para generar una nueva armonía. Y luego ir mejorando diplomáticamente la solución. Pero sabe que es una opción remota, y que lo más probable es que tenga que quedarse allí, protegiendo todo lo que pueda a su gente, hasta las últimas consecuencias. Entre tanto ver el rostro del diablo, ve cada día en ellos, en su negativa a abandonar toda esperanza, de forma más fuerte a Dios. “He visto cosas milagrosas: vueltas a la fe, familias que se reúnen otra vez, gente que ha perdido todo y lo ve como una forma de purificación”, comenta, emocionado. “Si uno tiene que dar la cara por defender a esta gente, la tendrá que dar no más. Yo opto por quedarme acá porque creo que Dios me lo está pidiendo, y también porque lo quiero hacer”.

Consciente de que la línea está por caerse, y que tal vez vuelva a quedar incomunicado, dice que en el mundo, ha aprendido, hay un pecado de omisión muy grande en estos días: de no hacer lo que cada uno tiene que hacer responsablemente. Por eso, los sacerdotes optan por la comodidad, que se mete en cualquier ámbito de la vida. Pero él no, si nadie quiere estar en un lugar así, entonces él va a estar. Eso se lo ha dejado claro a todos.

También al Consulado chileno, desde donde el sábado pasado lo contactaron, después de meses, para ofrecerle sacarlo del país. Él se negó rotundamente.

-Bueno, el plan A es quedarse a hacer el bien. ¿Cuál es el plan B?-le preguntaron.

-No hay plan B -respondió el padre Miranda. Éste es el plan.

Fuente: http://www.quepasa.cl/articulo/actualidad/2013/10/1-12824-9-ya-no-basta-con-rezar.shtml 

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