Tiempo de Cuaresma desde Siria

¿Cómo puede un hombre maquinar la idea de destruir a otro, imagen y semejanza de Dios? ¿Cómo puede levantar la mano contra su hermano? ¿Qué sucede en su alma?  ¿Cómo puede atentar contra un ser de igual dignidad? ¿Qué sucede en el corazón de quien asesina a su hermano, quien a su vez es un cooperador en la búsqueda del Bien, de la felicidad y la paz?

Foto del Monasterio de las hermanas carmelitas, ubicado junto a nuestra casa. Tomada desde nuestra ventana.

Foto del Monasterio de las hermanas carmelitas, ubicado junto a nuestra casa. Tomada desde nuestra ventana.

Podemos citar como causas, aquello que nos enseña la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia:

“Las injusticias, las desigualdades excesivas de orden económico o social, la envidia, la desconfianza y el orgullo, que existen entre los hombres y las naciones, amenazan sin cesar la paz y causan las guerras. Todo lo que se hace para superar estos desórdenes contribuye a edificar la paz y evitar la guerra: «En la medida en que los hombres son pecadores, les amenaza y les amenazará hasta la venida de Cristo, el peligro de guerra; en la medida en que, unidos por la caridad, superan el pecado, se superan también las violencias hasta que se cumpla la palabra: “De sus espadas forjarán arados y de sus lanzas podaderas. Ninguna nación levantará ya más la espada contra otra y no se adiestrarán más para el combate” (Is 2, 4)» (GS 78; Catecismo de la Iglesia Católica #2317)”.

En este texto encontramos implícita la causa esencial y profunda de cualquier conflicto personal, comunitario o social; y, también, la auténtica solución.

Constatamos en nuestro interior un desorden, un daño, unas tendencias destructoras. Algo que sucedió al principio y que trastocó el plan original de Dios para con su creatura predilecta. La Sagrada Escritura nos dice así: “Dios creó al hombre para que fuera incorruptible, y lo hizo a imagen de su propia naturaleza, pero por la envidia del demonio entró la muerte en el mundo, y los que pertenecen a él tienen que padecerla. El pecado entro por satanás y con ello la muerte. (Libro de la Sabiduría 2, 23-24)”

Precisamente, en estos momentos experimentamos todo el odio satánico que busca de los modos más horrendos provocar la destrucción de los hombres. Y usa al mismo hombre, esclavo del pecado para ser la causa que lleve a cabo su plan. Por ejemplo: ¿Cómo es posible apretar un botón y asesinar a más de 400 personas inocentes?! Dijo el Beato Papa Juan Pablo II: “matar a un ser humano, en el que está presente la imagen de  Dios, es un pecado particularmente grave. ¡Sólo Dios es el dueño de la vida!”

Y afirmó también: “la conquista de la paz a todos los niveles está unida a la conversión del corazón y a un auténtico cambio de vida” (1-IV-03)

“El mundo anhela la paz, tiene urgente necesidad de paz. Y sin embargo, guerras, conflictos, creciente violencia, situaciones de inestabilidad social y de pobreza endémica continúan cosechando víctimas inocentes y generando divisiones entre los individuos y los pueblos. ¡La paz parece, a veces, una meta verdaderamente inalcanzable! En un clima hostil por la indiferencia y envenenado frecuentemente por el odio, ¿Cómo esperar que venga una era de paz, que sólo los sentimientos de solidaridad y amor pueden hacer posible?” (JPII, De la Familia nace la paz, Jornada Mundial de la Paz, 1994)

“Sabemos bien cuán difícil es esta tarea. En efecto, para que sea eficaz y duradera, no puede limitarse a los aspectos exteriores de la convivencia, sino que debe incidir sobre todo en los ánimos y fomentar una nueva conciencia de la dignidad humana. Es necesario reafirmarlo con fuerza: una verdadera paz no es posible si no se promueve, a todos los niveles, el reconocimiento de la dignidad de la persona humana, ofreciendo a cada individuo la posibilidad de vivir de acuerdo con esta dignidad” (JPII, La Mujer educadora para la paz, Mensaje para la jornada mundial de la paz).

Por tanto, esta fragilidad esencial, desorden, inversión del orden querido por el Creador y Padre nuestro, sólo se sana con su gracia, que viene por la muerte de Cristo en la cruz, Quien pago por nuestras ofensas. Sólo aquel que se somete humildemente al yugo ligero de Cristo, amador del hombre, puede trabajar efectivamente como cooperador de la gracia y así lograr la conversión auténtica. Para caminar por la senda del bien, hay que aceptar la gracia de Dios y ser dócil a su voluntad; vencerse a sí mismo y, trabajar con un plan serio y determinado de cambio de aquellas tendencias, actitudes, defectos, vicios, etc., que contribuyen al caos destructor del ser humano.

Heridos por el pecado (tenemos experiencia de las tendencias contrarias al espíritu), pero, salvados por Cristo, tenemos la fuerza para lograr la Paz que reclama constante dominio de sí, vigilancia y por sobre todo, docilidad a la fuerza transformante y creadora de la caridad.

La cuaresma es exactamente un tiempo para volver a Dios y suplicarle la gracia de restablecer este orden perdido, causa de tantos males personales y sociales.

En medio del horror de la guerra gritamos: ¡Venzamos el mal a fuerza de bien!

 

P. Rodrigo Miranda V.E.

Misionero en Alepo

Miércoles de Ceniza, 13 de Febrero de 2013

 

2 pensamientos en “Tiempo de Cuaresma desde Siria

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