“Desgracias y Milagros”

Alepo, 12 de noviembre de 2012

Queridos Amigos:

Con esta nueva crónica queremos agradecerles su preocupación y oraciones por nosotros y por Siria. Tenemos mucho para contarles, cosas muy lindas y cosas muy tristes. Esto es lo que se ve en la guerra: desgracias y milagros.

La situación aquí sigue siendo alarmante. Lo que algunos aseguraban que en Alepo duraría unos pocos días se trocó en un interminable y cruento enfrentamiento que lleva más de tres meses y del que no se vislumbra final. Las consecuencias son lamentables.

Quien anteriormente hubiese visitado esta legendaria ciudad la desconocería hoy. Reunía en ella dos particularidades que le daban primacía aun sobre la capital del país: el movimiento comercial -que concentraba a los más pudientes por los negocios y a las clases media y baja por las fuentes de trabajo- y su animada vida social que copiaba de occidente. A la vez se distinguía por ser una ciudad tranquila, segura, pintoresca y ordenada.

Pero ahora ha cambiado.

Sobre todo en el casco antiguo y en algunas zonas céntricas el espectáculo es aterrador: barrios bombardeados, edificios derribados, muertos apilados en las veredas. Las ambulancias atraviesan la ciudad a toda velocidad disparando al aire para abrirse paso. Los tanques recorren las calles y todo tiembla por las explosiones. Hay trincheras diseminadas en todas las esquinas y rutas importantes. Y francotiradores apostados en los techos que disparan al mínimo movimiento. Las armas rebeldes difícilmente tienen destino determinado y van a dar muchas veces a edificios civiles.

Las escuelas y la ciudad universitaria están abarrotadas de refugiados que han perdido sus casas. Pero estos edificios ya no alcanzan. Los espacios verdes de la ciudad y hasta los bulevares de las avenidas están repletos, con familias enteras que duermen a la intemperie tapadas con cartones. Se calcula que un millón de personas ha quedado sin techo. Solo en los jardines de la ciudad universitaria se cuentan siete mil refugiados durmiendo al aire libre. Todavía era benévolo el clima hasta hace unas semanas, pero ahora ya empezaron los fríos y las lluvias, y qué hará toda esta gente? Nadie tiene respuesta. Los hospitales no dan abasto. A los heridos se suman los enfermos por el frío y la falta de alimentos.

El caos es general y ha afectado la vida de la ciudad en todas sus esferas. Los servicios públicos de luz, teléfono, agua e internet se interrumpen muy seguido y en algunos barrios por semanas. El aire que se respira apesta por el humo de las explosiones y por la acumulación de residuos que ya no se recogen. La inseguridad se ha hecho dueña de las calles, no hay policía de tránsito, no hay nadie que represente a la justicia. Día a día se suman más secuestros y amenazas a cambio de dinero para el abastecimiento de armas. Y no son noticias lejanas, lo han sufrido nuestros mismos feligreses.

La muerte se pasea por los calles y sigue llevándose víctimas, es guerra abierta en plena ciudad. Los atentados se llevan cientos de víctimas. Cientos de personas que mueren en esos pocos minutos.

Quién hubiera imaginado Alepo convertida en escenario de tan crueles matanzas?

También su gente ha cambiado.

A diferencia de los primeros meses del conflicto ahora los alepinos intentan seguir la vida cotidiana. Sus familias tienen que comer y no podrán sobrevivir si siguen encerrados. Por eso, a pesar del caos y el peligro, la gente anda por las calles, corriendo el riesgo de no regresar a casa… “Volveremos la próxima semana” dijo uno de nuestros jóvenes y añadió con rostro entristecido: “si es que seguimos vivos”. Todos los días hay muchas víctimas entre los civiles. Aun en las zonas menos afectadas hay muertos por balas perdidas. El otro día nos decía un niño de 10 años: “antes juntábamos por la calle hojas de los árboles, ahora juntamos balas”.

“Los tiroteos y explosiones se nos han hecho familiares”, dicen todos, pero han provocado mucha tensión y nerviosismo: “Llevamos semanas sin dormir”. Se oyen todos los días promesas de esperanza: “Nos han dicho que en dos días se termina todo y volveremos a vivir”. Pero esos dos días nunca llegan.

En un intento por retomar el ritmo normal, algunas universidades han abierto sus puertas, pero no hay suficientes profesores, ni número de alumnos como para tener clases regulares. También algunas escuelas han comenzado a funcionar solo unas pocas horas y algunos días en la semana, utilizando edificios prestados, porque o se encontraban en las afueras de la ciudad donde hay mucho peligro, o están copadas por los refugiados. Una de las adolescentes que viene a misa diaria nos decía contenta: “Por fin empezamos las clases! Pero el ruido de los tiroteos es permanente. Con dificultad escuchamos lo que dice el profesor”.

La zona industrial en las periferias de la ciudad está destruida. Las fábricas y empresas han sido incendiadas, bombardeadas y saqueadas. Eran fuentes de trabajo para miles de personas…

No es cosa rara que una mujer llore. Pero qué decir al ver a estos hombres, padres de familia, presas de la desesperación y la impotencia, sollozar en silencio agobiados por la preocupación del futuro de sus hijos?

Por eso nuestra presencia como misioneros se hace en estos tiempos tan ineludible. Muchos son los que ya han dejado el país, familias enteras, fieles de nuestra catedral también. Son los que tienen al menos la suficiente posibilidad económica como para sobrevivir afuera, sin casa ni trabajo todavía. Pero la mayoría se queda porque no pueden afrontar la partida o porque prefieren seguir en su tierra. Muchos nos preguntan: “y ustedes, que tienen la posibilidad de escapar, por qué se quedan?”. Qué clase de pastor sería el que al momento de mayor peligro huyera para estar tranquilo mientras sus ovejas quedan libradas a la suerte del enemigo? Es cierto, nosotros no podemos salvarlos de las balas, no podemos impedir que un proyectil caiga en sus casas y se lleve a toda una familia. No podemos. Y por eso también es muy grande la impotencia que experimentamos. Pero sí podemos sostenerlos y animarlos, consolarlos y acompañarlos, para que si les llega el momento de ofrecer así sus vidas, se encuentren preparados y serenos. ¿Qué mejor ocasión para prepararlos para el Cielo? 

Por eso nos quedamos. Nos quedamos por los que se quedan.

Y en este sentido es que vemos día a día nuevos “milagros”. Milagros de conversión en personas que nunca rezaban y ahora no dejan el rosario diario. Personas que estaban muy lejos de ser cristianos practicantes, y ahora asisten con sincera devoción a la misa cotidiana. Jóvenes que aun en medio de toda esta incertidumbre y desconcierto sienten el llamado de Dios y deciden abrazar la vida religiosa. Obras de caridad heroicas. Confesiones de años. Reconciliaciones que parecían imposibles.

Milagros también de protección de la Virgen a las familias cristianas. Más de una vez escuchamos que cayó un misil en tal casa, pero no detonó. O se ha dado de explosiones muy grandes que han destruido un piso entero pero sus habitantes han salido ilesos. Y dicen con plena convicción: “La Virgen nos protegió, porque rezamos el rosario en familia”.

En el apostolado no es menos impresionante lo que Dios nos está permitiendo hacer. Se organizó una cadena continua del Santo Rosario, las 24 horas, en la que se anotaron vigorosamente nuestros feligreses, seguros de que el rezo del Rosario atraerá de nuevo la paz sobre esta tierra bendita. Los jóvenes siguen viniendo y otros nuevos se han sumado. A pedido de los ellos mismos comenzamos un curso de estudio de la Doctrina Cristiana, que frecuentan además algunos adultos de la feligresía. Y como una manera de contrarrestar la fuerte tensión que están sufriendo hacemos deporte con ellos semanalmente. Es gracioso verlos jugar, contagian la alegría con la que festejan cada gol, mientras se escuchan de fondo los bombardeos. Son unos de esos pocos momentos en que pueden “olvidar” que están viviendo en medio de la guerra.

Hemos predicado dos tandas de ejercicios espirituales ignacianos, con la participación de 20 jóvenes. No tuvieron el ambiente al que estamos habituados, de contacto con la naturaleza, silencio y tranquilidad. Hicieron sus ejercicios prácticamente encerrados, encomendando a Dios la suerte de sus familias y meditando bajo el estrépito de las explosiones. No es heroico lo de estos jóvenes?

Desgracias y milagros. Así se va tejiendo la historia de Siria, como la de otros tantos lugares en el mundo sacudidos por la guerra. Es también la historia de nuestra vida matizada de alegrías y tristezas, de conquistas y de pruebas. Y es también la historia de la Iglesia que “avanza en su peregrinación a través de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios” (San Agustín, De civitate Dei 18, 51; cf. LG 8).

Viva la misión!

Padres y Hermanas misioneros en Alepo

Un pensamiento en ““Desgracias y Milagros”

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